- Su aportación, en términos de valor añadido bruto, pasa del 18% en 2000 a menos del 12%
- España se aleja del objetivo del 20% fijado para el sector manufacturero que la UE fija
El país líder en crecimiento de la Unión Europea, e incluso del conjunto de la OCDE, sigue mostrando una llamativa debilidad en lo que se refiere al desarrollo de su industria, especialmente en comparación con sus homólogos comunitarios. Las cifras recientemente actualizadas por Eurostat evidencian que el sector manufacturero español inició el año 2025 con una aportación del 11,8% del total del Valor Añadido Bruto (VAB) propio de la economía de nuestro país y menos del 10% de la creación de empleos (según el cómputo homologado entre países del mercado de trabajo). Ambos porcentajes suponen niveles mínimos para nuestro país en lo que llevamos del siglo XXI. La situación carece de visos de mejora en 2026, si se analizan las cifras más recientes de inversión, actividad y productividad, en las que un nuevo enemigo –la inestabilidad geopolítica causa por el conflicto en Oriente Próximo– muestra ya su alcance.
En lo que respecta a la aportación al VAB, la cota actual supone situarse más de ocho puntos por debajo del objetivo del 20%, marcado por la Comisión Europea, para todos los países miembro. Ese resultado, además, se halla casi cuatro puntos por debajo del promedio comunitario en el periodo citado.
Todos los expertos consultados apuntan a que la ratio con respecto al Valor Añadido Bruto ofrece la fotografía más fiable –y estable– de la importancia de cada actividad en el conjunto de la economía, en términos muy semejantes, pero más exactos, de los que supone el PIB en su conjunto.
Es más, desde este punto de vista, la evolución de la industria española muestra perspectivas especialmente preocupantes. No en vano el descenso de su peso específico en el conjunto de la economía está muy lejos de ser un fenómeno nuevo; al contrario, presenta un largo recorrido.
Los analistas de la Fundación BBVA ponen de manifiesto que esta variable se situó en el 17,9% en el inicio del presente siglo, para luego comenzar una senda descendente que, en medio de la llamada Gran Recesión, la situó en el 12%. Pero para la industria española parece que aquella crisis no terminó, hasta el punto de que no ha dejado de moverse en esos niveles, con pequeños altibajos, en los ejercicios posteriores, hasta llegar al 11,8% actual. Y eso tiene su coste, de acuerdo con Fundación BBVA, en forma de «la pérdida de 723.500 trabajadores, lo que supone una reducción del 25%», desde inicios de los años 2000.
En ese tiempo, otros países homologables a España han mostrado un comportamiento notablemente mejor. No puede sorprender que ésa sea la situación del gigante industrial europeo, Alemania, el cual ya alcanza prácticamente el 20% de peso en su economía de la industria. También es previsible el 31% de Irlanda, la meca europea para las filiales de las multinacionales tecnológicas estadounidenses. Pero también destaca el 16,6% de Italia, e incluso el 18% de Polonia.
¿Qué es lo que está frenando a la industria en nuestro país? Sin duda, le afectan los problemas que arrastra el conjunto del sector manufacturero europeo. Es bien conocido el modo en que la UE ha perdido la carrera, frente a EEUU y China, en los sectores punteros que caracterizan a las fábricas del futuro, especializadas en el desarrollo de microprocesadores, Inteligencia Artificial, dispositivos de almacenamiento masivo de datos. Pero hay otros factores.
La economista jefe para Europa de The Conference Board, Maria Demertzis, pone de manifiesto a elEconomista.es cómo las «alteraciones» de las cadenas de suministros a escala global se agravaron ya antes del regreso del presidente Donald Trump a la Casa Blanca, «y la guerra comercial que este último ha desatado ha empeorado la situación».
Complejidad regulatoria
Con todo, no hay argumentos que permitan culpar de todos los males de la industria europea, y en particular de la española, a las políticas dictadas desde el otro lado del Atlántico. La directora ejecutiva del European Employers Institute (EEI), Delphine Rudelli, pone de manifiesto que «la complejidad regulatoria con la que la industria europea ha tenido que bregar durante décadas continúa siendo un obstáculo para el crecimiento y la innovación. Rudelli no duda a la hora de calificar de «inconsistente y costosa regulación burocrática existente entre los países miembros, capaz de drenar recursos que se podrían utilizar para elevar la productividad y la inversión y la I+D». La gran pregunta es, si estos problemas, como mínimo, se han paliado gracias a la llegada masiva de los fondos europeos Next Generation.
La respuesta, al menos desde el punto de vista de la industria española, es un rotundo «no», de acuerdo con las fuentes consultadas en este ámbito por elEconomista.es. «No se ha hecho el reparto de un modo eficiente, como muestran los bajos niveles de ejecución y, desde luego, con la opinión de las empresas –especialmente industriales–, no se ha contado», apuntan esas fuentes.
No obstante, en el caso español, actúan dos debilidades ligadas a su economía desde hace décadas que provocan un daño especialmente intenso: las dificultades para liberar las inversiones que los proyectos en este ámbito reclaman y, en segundo lugar, un estancamiento crónico de la productividad que impide que esas inversiones sean rentables. Con respecto a la primera de las variables citadas, la Autoridad Independiente de Responsabilidad Fiscal (AIReF). En el último informe del organismo supervisor, publicado este mismo mes la llamada técnicamente formación bruta de capital fijo en su componente más importante –la rúbrica de bienes de equipo y bienes cultivados– perderá dos puntos de crecimiento solo entre 2025 y 2026.
Muy poco después, ahondará la desaceleración en 2027, cuando registrará un avance limitado al 2,1%, una tasa calificada por la propia AIReF en su informe como «muy moderada».
En total, el frenazo acumulado en esta rúbrica, entre 2025 y 2027, será de más de cinco puntos y no se detendrá ahí la senda descendente. El organismo presidido por Inés Olóndriz descarta correcciones al alza y pronostica que el ritmo de crecimiento volverá reducirse hasta situarse por debajo de los dos puntos porcentuales en el año 2030.
No solo lo constata la AIReF en sus previsiones para 2026 sino también la Agencia Tributaria en sus datos ya cerrados entre los pasados enero y marzo. Lo que el organismo vinculado a Hacienda denomina «ventas de capital» de las empresas de mayor tamaño de nuestro país tuvo un crecimiento de tan solo un 0,8% en el primer trimestre de 2026.
Ese porcentaje representa 10,6 puntos menos con respecto a la tasa registrada el pasado septiembre (11,4%), y culmina todo un semestre de fuerte ralentización.
La disminución en el inicio de 2026 es especialmente notoria, ya que se pasó de una tasa del 4,3% en enero al 0,8% anteriormente citado, lo que supone 3,5 puntos porcentuales menos en un solo mes.
Situación paradójica
En nada ayudará a mejorar las perspectivas inversoras el hecho de que la productividad presenta aún un comportamiento anómalo con respecto al resto de la Unión Europea, y esa situación, paradójicamente, la sufre con especial intensidad el sector secundario. En conversación con elEconomista.es, el presidente del Consejo creado por el Gobierno para la vigilancia de esta variable, Juan Francisco Jimeno, ponía de manifiesto que «las mejoras en productividad de la economía española se están produciendo en la hostelería, y en el sector terciario, pero no en la industria, lo cual resulta sorprendente».
No acaba ahí las sorpresas, dado que, dentro de las actividades industriales, las ganancias de productividad son especialmente pequeñas «en los sectores tecnológicamente más avanzados».
Y aún actúan más causas como las deficiencias en lo que es el principio más básico de toda actividad industrial: el suministro energético. Desde la patronal Aelec, remiten a un reciente informe elaborado por la consultora PwC en la que se pone de manifiesto que la capacidad de la red eléctrica actualmente operativa se queda detrás de las necesidades de la nueva demanda.
Esta última se ve impulsada no solo por los desarrollos de la industria entendida en el sentido tradicional, sino también por el suministro que requieren los centros de datos o las plantas de hidrógeno verde.
Puede afirmarse que el problema viene de lejos. El Índice de Referencia de la Industria de Red Eléctrica, que mide el consumo eléctrico de los clientes con una potencia superior a los 450 kW, muestra una caída pronunciada entre 2008 y 2013, que se recupera parcialmente hasta 2019, pero que vuelve a encogerse con el coronavirus y la crisis energética de 2022. Desde 2024 muestra un crecimiento de nuevo, aunque nunca superior al 10% interanual.
Por si toda esta pléyade de retos y asignaturas pendientes no fuera suficiente, desde el 28 del pasado febrero la situación geopolítica ha vuelto a convulsionar con el nuevo conflicto en Oriente Próximo que golpea el talón de Aquiles de la industria en dos puntos sensibles: las cadenas de suministros globales y el precio de la energía.
Los avisos del PMI
Como resultado, los indicadores adelantados de actividad, han protagonizado dolorosos traspiés en las últimas semanas. En concreto, ése es el caso del índice PMI manufacturero español que se situó en negativo (toda lectura inferior a los 50 puntos) al cierre del pasado trimestre, lo que supone el peor registro desde abril del año pasado.
Por su parte, no debe desdeñarse el perjuicio que es capaz de causar la incertidumbre y los vaivenes ligados a la guerra comercial, en un área tan volcada más allá de nuestras fronteras como es la industrial. De acuerdo con los datos de la Fundación BBVA, sus exportaciones suponen el 20,3% del PIB de España y concentran el 84% del total de ventas en otros países de bienes de la economía de nuestro país.
Ahora bien, más allá de las amenazas de Washington, queda camino por recorrer para las empresas españolas desde este punto de vista: «Como el grado de industrialización de España es inferior a la media de la EU-27, también es mucho menor el peso que sus exportaciones tienen en el PIB (20,3% vs. 31,1%)«, de acuerdo con las estimaciones más recientes de la mencionada Fundación. Las cifras podrían mejorar si llega a buen puerto la iniciativa de fomentar, de modo conjunto, la etiqueta Made in Europe que la Comisión Europea pretende potenciar desde marzo de este año con un nuevo programa industrial.










